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Kintsugi es el nombre de un tradición practicada por los japoneses que data del s. XV. Un arte admirable que consiste en reparar piezas de cerámica rotas de forma meticulosa, sellando las grietas con laca y espolvoreándolas meticulosamente con oro en polvo. Los japoneses creen que son precisamente las grietas doradas las que hacen de esas piezas algo único, convirtiéndolas en algo precioso y con mucho más valor que la pieza original intacta. Kintsugi hace de esas piezas una obra de arte, única por su historia y única en su belleza.

Un concepto fascinante del que no encontramos un equivalente en esta cultura nuestra del usar y tirar, del culto a lo perfecto.

Puedes pensar en este arte como una metáfora de tu vida. Aprender a mirar esas partes de ti rotas y dolorosas, precisamente como partes que pueden irradiar luz y belleza. El arte de Kintsugi te enseña que lo que se rompió en ti te hace más fuerte y te añade valor como ser humano. Cuando pienses que estás “rota” en algún aspecto, puedes ir recogiendo esos pedazos con cuidado, volver a juntarlos con amor y aprender a abrazar tus grietas.

Kintsugi te enseña que lo que se rompió en ti es lo que te hace más fuerte y valiosa que antes. Ama tus cicatrices.

Créeme, todos arrastramos nuestras fisuras. Kintsugi se ha convertido en una inspiración para mí. Frente a la seguridad y la fortaleza que pueda transmitir en ocasiones, te aseguro que sigo trabajando en rellenar mis propias grietas. Durante años, vivir con mis propias fisuras abiertas me hizo sentirme insuficiente, incompleta, rara. Hay grietas a las que yo llamo el trabajo de cien años, por la atención y el mimo que requieren. Pero son precisamente esas las que crean algo de mucho más valor.

Tras mi maternidad inicié un viaje personal que me hizo comprender todo lo que arrastraba en mi interior. Frustraciones, rabia reprimida durante años, un poso de tristeza que luchaba por despegar de mí -siempre he sentido la tristeza como algo frío y asquerosamente pegajoso-, y no poco resentimiento. Nunca me sentía “lo suficientemente buena” y eso me hacía repetir un patrón de búsqueda de aprobación externa.

Kintsugi me enseñó que está bien ser vulnerable. Que el resentimiento es una emoción que te esclaviza. Que el dolor aparece en la vida, pero el sufrimiento es una elección que hacemos. Que tienes la posibilidad de aceptarte tal como eres y permitirte abrirte y practicar la compasión. Me enseñó cómo es eso de sentir que vales, de sentir que eres suficiente.

La filosofía detrás de Kintsugi te enseña a tratarte con amor, porque contiene la esencia del perdón. Empezando por el perdón a una misma. Aceptar mis grietas implica aceptarme, perdonarme y amarme. Y necesito perdonarme antes de ser capaz de perdonar a los demás.

Tus partes más bellas y profundas son precisamente esas que se rompieron, que reparaste y sanaste.

Nuestra historia personal, nuestros dolores y miedos más profundos nos han ido transformando haciéndonos ser lo que somos. Cuando miro mi corazón, encuentro un montón de grietas doradas en él. Algunas son muy profundas, otras aún se están sellando y sé que aún quedarán grietas por aparecer.

Tu corazón no será muy diferente, déjame que te lo diga. Pero Kintsugi es la forma que tiene la vida de decirnos que nadie es perfecto. Que no hay camino perfectamente recto. Que no hay vida sin dolor. Y que son precisamente tus mayores retos, tus heridas más dolorosas y tus miedos más profundos los que te hacen más bella, más valiosa y más admirable.

Tus imperfecciones son tan perfectas… Kintsugi las transforma en hilos de oro.

No importa en qué momento vital estés, te invito a que te pares a reflexionar sobre todo lo que has experimentado en tu vida y lo que has sanado y sellado. Vivimos en una cultura de culto a la perfección. Censuramos todo aquello que no es perfecto en nosotros o aquello que no sale como nosotros quisiéramos. A veces han de pasar años de trabajo, de persistencia y dedicación hasta que somos capaces de ver con mayor perspectiva.

Tú ya has reconocido, honrado y sellado muchas grietas. Medita un poco sobre ellas. Y que eso te dé argumentos y confianza para continuar tu camino vital. Somos capaces de reparar nuestras heridas. De aprender y crecer a través de las experiencias negativas.

Vulnerabilidad y dolor forman parte de la vida. Y nos permiten desarrollar nuestra resiliencia, nuestra capacidad de sobreponernos a ello, reparando y reconstruyendo amorosamente las grietas que van apareciendo.

No ocultes ni disfraces esas imperfecciones. Celebra la belleza de lo que se ha roto. Porque en lo roto está el relato de tu camino desde la fragilidad y la herida hasta la recuperación. Las grietas doradas de ese camino son la prueba de tu fuerza y de tu resiliencia.

Y resiliencia es todo lo que necesitas para continuar.

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